febrero 10, 2011

HAY QUE HABLARLE AL AGUARDIENTE



Con este texto, como con todo lo que digo y escribo, no pretendo generar controversias, convencer a nadie de nada, hacer una apología a nada, ni absolutamente nada. Como todos, la única intención es la de escribir, expresarme y divertirme. Esta nota nace a partir de en un artículo científico que me encontré en internet hace algún tiempo, seguramente en una noche de copas.


Son muchos los problemas que trae consigo el licor. Aunque podemos abordarlos desde múltiples puntos de vista, aquí sólo plantearé dos: cuando nos gusta beber y cuando no. Debo admitir que a mí, so pena de ser juzgado (no me importa) y a pesar de los consejos de mi familia y mis amigos, me gusta. No soy alcohólico; puedo vivir muchos días sin beber, no me hace falta, puedo parrandear y disfrutar un paseo sin siquiera una cerveza, pero mis allegados saben que el aguardiente es mi debilidad. Sin embargo esta nota no girará en torno a mí, entonces, volvamos a los problemas:

Si no te gusta beber, el problema más grande será encontrarse frente a un amigo o allegado ebrio, porque no hay peor cosa en la vida que aguantarse a un borracho cuando se está en sano juicio (o cuando se vive en un eterno sano juicio). Si eres la novia abstemia de un borracho tendrás que aguantar los llamados nocturnos o 'madrugadurnos' diciendo cuánto te ama y cuánto te desea, tal vez haciendo más énfasis en lo segundo que en lo primero; tendrás que pedirle que no tome mucho en las fiestas familiares a las que lo lleves; odiarás a sus amigos borrachos, pero tendrás que aguantártelos por amor a él; seguro pensarás que si se casan, o se arrejuntan en pecado, tendrás que vivir con la angustia de un esposo borracho que se vaya a jugar billar, rana, tejo, cartas, dominó, o lo que sea con los amigos un día a la semana y después llegue oliendo a trago (y cigarrillo, si fuma) a arruncharse a tu lado, y seguramente con ganas de sexo. 
Dejando al novio de lado, tú, chico o chica que no bebes, tal vez te enfrentes a un tío o un amigo que en cualquier reunión se siente al lado tuyo a decirte cuánto te quiere, te hable de cerca y te salpique el rostro con minúsculas partículas de saliva y alcohol, para después rematar su gesto afectivo agarrándote del cuello y juntando su frente con la tuya, haciéndote sentir la baba salpicada cada vez más cerca (lo peor sucede si por desgracia cae una gota en tu labio... eso es muy, muy, muy incómodo).

Ahora que si eres de los que si nos gusta beber, con seguridad, en algún momento te enfrentarás a alguno de estos inconvenientes. Es posible que en medio de la rumba un amigo, con ínfulas de Kid Pambelé (en lo “pelión” y en lo borracho), provoque una pausa en el jolgorio para que todos tengan que defenderlo del vecino de mesa; también puede ser que el momento de esparcimiento fraternal se dañe por el vómito incontenible de tu amigo (porque tú nunca lo haces, y si lo haces no te acuerdas). Otra situación, que pase de ser un problema a convertirse en un temor latente para un borracho y sus secuaces es quedarse sin trago, bien sea porque no hay dinero para comprar más o, en el peor de los casos, porque hay dinero pero no hay en donde comprar.

Sin embargo, y con poco temor a equivocarme, el mayor inconveniente que atemoriza a todo buen bebedor es emborracharse rápido, dañar la parranda y amanecer con un guayabo del demonio que no permita que el otrora alma de la rumba deje de ser un muerto viviente golpeado por el licor. Buscando los motivos de tal malestar, usualmente se concluyen las hipótesis en frases como "es que mezclé tragos", "es que no comí antes de beber", "es que no comí nada antes de acostarme", "es que no fui al baño antes de dormir", "es que esto y lo otro y bla bla bla". Como es natural, yo fui uno de esos que buscaba excusas hasta que un día, en un arranque de locura de esos que acostumbran agobiarme, tomé un trago de aguardiente en la mano y la botella que me habría de tomar esa noche en la otra y le dije cual si fuera un ser real: "sumercé, parcero, usted me gusta y yo le gusto, nos llevamos bien pero a veces me caes mal al día siguiente, mañana tengo que madrugar a viajar, me lo voy a tomar hoy, con gusto y con buen ánimo, y ud me promete que se maneja bien y no me va a dar guayabo mañana, no me va a enfermar ni a molestar, y no me va a hacer emborrachar mucho hoy, ¿estamos?". Así como ustedes probablemente lo estén haciendo, los humanos que me acompañaban en ese momento y que presenciaron tal acto, se reían y vociferaban a cerca de mi acto senil, o sencillamente pensaban “qué man tan loco” mientras yo reía al ver sus rostros llenos de asombro (una vez más).

Hace un par de semanas leí un artículo en internet que daba cuenta de la falsedad de las excusas que damos al guayabo y a emborracharnos, y de la autenticidad, veracidad y efectividad de mi 'acto senil'. Dice el corresponsal, respondiendo a la pregunta de si mezclar bebidas emborracha más, que "Se trata de un mito, según los expertos. La tasa de etanol en sangre depende exclusivamente de la cantidad ingerida de este alcohol"; como quien dice: uno no se emborracha por mezclar aguardiente sin azúcar y aguardiente normal, por mezclar tragos claros con tragos oscuros, ron con gaseosa. NO. Uno se emborracha sencillamente porque bebe como un animal.

Se preguntarán ustedes apreciados lectores, ¿en dónde justifica eso mi acto de locura? El link que leí también decía que  “También influyen factores psicológicos: hay experimentos en los que personas que creen haber ingerido bebidas alcohólicas, cuando en realidad se les ha servido copas sin alcohol, muestran signos de la embriaguez.” Por lo tanto, hablarle al aguardiente no es un acto de locura, al contrario, es muy cuerdo si no quieren amanecer enguayabados. No es un tipo de auto-aconductamiento o predisposición psicológica por parte mía, no es que yo crea que el aguardiente no me va a hacer daño; el truco está en ser lo realmente convincente cuando hables con el trago, háblale con ímpetu y sin dudas, muéstrale quién es la mente débil y quién está más arriba en la escala de la evolución, para que con tus palabras convenzas al aguardiente de que él solito es capaz de entrar en tu cuerpo y volver a salir sin causarte ninguna desgracia.