junio 07, 2011

Diecinueve (Fragmento)

-Y usted, ¿cómo se llama?
-¿Yo? Dígame diecinueve.
-¿Diecinueve?
-Sí, diecinueve, como el número. Así me dice todo el mundo y es mejor que no pregunte por qué.

En esos momentos es simplemente imposible no preguntar por qué, su tono amenazante no era suficiente para acallar mis dudas, pero ni siquiera sabía quién era ese hombre; sus manos no demostraban que fuera un ejecutivo o un profesor, ni músico ni pintor, y sus pantalones sucios y un tanto roídos, los tatuajes en los brazos y los tenis gastados evidenciaban  el disfrute de su goce pagano y su vida mundana. Era mejor olvidarse del asunto, no buscar problemas con deconocidos y no hacer preguntas que no importaban, por eso al cabo de un par de tragos más y medio cigarrillo ya se me había olvidado el asunto. Jim Morrison bailaba en la pantalla del televisor y yo trataba de pensar en otra cosa, ¿qué hora será?

He de confesar que aquello de la amnesia inducida no va conmigo, por eso cuando el señor que servía los tragos en el bar dijo: “Diecinueve, ¿otro ron?”, mandé la copa de tequila a mi boca, como tomando impulso para preguntarle “Oiga don Diecinueve, y ¿a usted por qué le dicen así?  Mientras me decidía, mi pie seguía el ritmo de la guitarra de Robbie Krieger y el humo azul del cigarrillo cambiaba de color por efectos de las luces del antro, miraba fijamente a la cara de Diecinueve. ¿Treinta y cinco? ¿Treinta? ¿Treinta y dos? ¿Diecinueve? ¡No! Diecinueve no. Obviamente tenía más de treinta años, lo cual implicaba que el apodo no hacía alusión a su edad. Tal vez cargaba en su conciencia la vida de diecinueve preguntones desafortunados, de ser así yo no quería ser quien ocasionara la mutación de su apodo a Veinte; además, es más sonoro Diecinueve que Veinte. ¿Mujeres? ¡No! Con esa pinta no podría mantener ni a una mujer, a duras penas conseguirá dinero para venir a tomar ron en este bar.

-¡Otro tequila, por favor!
-¿Qué me mira?
-Nada, don Diecinueve. No hay nadie más en la barra, mi silla está hacia ese lado, por eso miro hacia allá.
-¿Don Diecinueve? –dijo entre risas- si me va a llamar por mi apodo dígame Diecinueve.
-Está bien, Diecinueve ¿Hace cuánto que lo llaman así?
-Desde ese día…

Sus ojos dejaron de verme, bebió por completo el vaso de ron que tenía en la mano y con la mirada hacia el piso, salía humo de su boca sin decir nada. Pensé que tal vez hubiera sido mejor no preguntar nada, tomarme mi tequila en silencio y escuchar música, esa era la idea en un principio. Sólo quería saciar mi curiosidad por haber escuchado un apodo tan poco usual y de un momento a otro lo único que deseaba era que cuando levantara la cabeza no fuera con mirada de odio y un arma apuntándome al pecho, mientras decía “¡Ahora me dirán Veinte!”.

-Déjeme una botella de ron acá en la barra, Carlos –dijo mientras levantaba la cabeza.
-Y a mí sírvame otro tequila, por favor.

El video del concierto de The Doors dejó de ser mi centro de atención. Ahora Diecinueve me miraba a la cara y, a juzgar por su reacción cuando le pregunté hacía cuánto lo llamaban así, la historia sobre su seudónimo era algo que no podía dejar pasar. Se acomodó en su silla, y pisando el cigarrillo que tenía en la mano, comenzó a contarme…

febrero 10, 2011

HAY QUE HABLARLE AL AGUARDIENTE



Con este texto, como con todo lo que digo y escribo, no pretendo generar controversias, convencer a nadie de nada, hacer una apología a nada, ni absolutamente nada. Como todos, la única intención es la de escribir, expresarme y divertirme. Esta nota nace a partir de en un artículo científico que me encontré en internet hace algún tiempo, seguramente en una noche de copas.


Son muchos los problemas que trae consigo el licor. Aunque podemos abordarlos desde múltiples puntos de vista, aquí sólo plantearé dos: cuando nos gusta beber y cuando no. Debo admitir que a mí, so pena de ser juzgado (no me importa) y a pesar de los consejos de mi familia y mis amigos, me gusta. No soy alcohólico; puedo vivir muchos días sin beber, no me hace falta, puedo parrandear y disfrutar un paseo sin siquiera una cerveza, pero mis allegados saben que el aguardiente es mi debilidad. Sin embargo esta nota no girará en torno a mí, entonces, volvamos a los problemas:

Si no te gusta beber, el problema más grande será encontrarse frente a un amigo o allegado ebrio, porque no hay peor cosa en la vida que aguantarse a un borracho cuando se está en sano juicio (o cuando se vive en un eterno sano juicio). Si eres la novia abstemia de un borracho tendrás que aguantar los llamados nocturnos o 'madrugadurnos' diciendo cuánto te ama y cuánto te desea, tal vez haciendo más énfasis en lo segundo que en lo primero; tendrás que pedirle que no tome mucho en las fiestas familiares a las que lo lleves; odiarás a sus amigos borrachos, pero tendrás que aguantártelos por amor a él; seguro pensarás que si se casan, o se arrejuntan en pecado, tendrás que vivir con la angustia de un esposo borracho que se vaya a jugar billar, rana, tejo, cartas, dominó, o lo que sea con los amigos un día a la semana y después llegue oliendo a trago (y cigarrillo, si fuma) a arruncharse a tu lado, y seguramente con ganas de sexo. 
Dejando al novio de lado, tú, chico o chica que no bebes, tal vez te enfrentes a un tío o un amigo que en cualquier reunión se siente al lado tuyo a decirte cuánto te quiere, te hable de cerca y te salpique el rostro con minúsculas partículas de saliva y alcohol, para después rematar su gesto afectivo agarrándote del cuello y juntando su frente con la tuya, haciéndote sentir la baba salpicada cada vez más cerca (lo peor sucede si por desgracia cae una gota en tu labio... eso es muy, muy, muy incómodo).

Ahora que si eres de los que si nos gusta beber, con seguridad, en algún momento te enfrentarás a alguno de estos inconvenientes. Es posible que en medio de la rumba un amigo, con ínfulas de Kid Pambelé (en lo “pelión” y en lo borracho), provoque una pausa en el jolgorio para que todos tengan que defenderlo del vecino de mesa; también puede ser que el momento de esparcimiento fraternal se dañe por el vómito incontenible de tu amigo (porque tú nunca lo haces, y si lo haces no te acuerdas). Otra situación, que pase de ser un problema a convertirse en un temor latente para un borracho y sus secuaces es quedarse sin trago, bien sea porque no hay dinero para comprar más o, en el peor de los casos, porque hay dinero pero no hay en donde comprar.

Sin embargo, y con poco temor a equivocarme, el mayor inconveniente que atemoriza a todo buen bebedor es emborracharse rápido, dañar la parranda y amanecer con un guayabo del demonio que no permita que el otrora alma de la rumba deje de ser un muerto viviente golpeado por el licor. Buscando los motivos de tal malestar, usualmente se concluyen las hipótesis en frases como "es que mezclé tragos", "es que no comí antes de beber", "es que no comí nada antes de acostarme", "es que no fui al baño antes de dormir", "es que esto y lo otro y bla bla bla". Como es natural, yo fui uno de esos que buscaba excusas hasta que un día, en un arranque de locura de esos que acostumbran agobiarme, tomé un trago de aguardiente en la mano y la botella que me habría de tomar esa noche en la otra y le dije cual si fuera un ser real: "sumercé, parcero, usted me gusta y yo le gusto, nos llevamos bien pero a veces me caes mal al día siguiente, mañana tengo que madrugar a viajar, me lo voy a tomar hoy, con gusto y con buen ánimo, y ud me promete que se maneja bien y no me va a dar guayabo mañana, no me va a enfermar ni a molestar, y no me va a hacer emborrachar mucho hoy, ¿estamos?". Así como ustedes probablemente lo estén haciendo, los humanos que me acompañaban en ese momento y que presenciaron tal acto, se reían y vociferaban a cerca de mi acto senil, o sencillamente pensaban “qué man tan loco” mientras yo reía al ver sus rostros llenos de asombro (una vez más).

Hace un par de semanas leí un artículo en internet que daba cuenta de la falsedad de las excusas que damos al guayabo y a emborracharnos, y de la autenticidad, veracidad y efectividad de mi 'acto senil'. Dice el corresponsal, respondiendo a la pregunta de si mezclar bebidas emborracha más, que "Se trata de un mito, según los expertos. La tasa de etanol en sangre depende exclusivamente de la cantidad ingerida de este alcohol"; como quien dice: uno no se emborracha por mezclar aguardiente sin azúcar y aguardiente normal, por mezclar tragos claros con tragos oscuros, ron con gaseosa. NO. Uno se emborracha sencillamente porque bebe como un animal.

Se preguntarán ustedes apreciados lectores, ¿en dónde justifica eso mi acto de locura? El link que leí también decía que  “También influyen factores psicológicos: hay experimentos en los que personas que creen haber ingerido bebidas alcohólicas, cuando en realidad se les ha servido copas sin alcohol, muestran signos de la embriaguez.” Por lo tanto, hablarle al aguardiente no es un acto de locura, al contrario, es muy cuerdo si no quieren amanecer enguayabados. No es un tipo de auto-aconductamiento o predisposición psicológica por parte mía, no es que yo crea que el aguardiente no me va a hacer daño; el truco está en ser lo realmente convincente cuando hables con el trago, háblale con ímpetu y sin dudas, muéstrale quién es la mente débil y quién está más arriba en la escala de la evolución, para que con tus palabras convenzas al aguardiente de que él solito es capaz de entrar en tu cuerpo y volver a salir sin causarte ninguna desgracia.









diciembre 29, 2010

Un discurso para los que se gradúan del colegio

“Hay recuerdos que no voy a borrar, personas que no voy a olvidar”, así canta Fito Páez en una de sus canciones más populares. Y tiene razón.

Cuando me senté frente al computador para escribir lo que iba a decir hoy, pensé en ponerme en sus zapatos por un momento y recordar mi vida en el colegio. Lo primero que se me vino a la cabeza fue la voz de la rectora Doña Cecilia y el coordinador Javier diciendo: “señor Caballero, por favor” “señor Caballero, silencio” “señor Caballero, pase al frente” “señor Caballero, ¿otra vez usted?” Me convertí en punto de referencia, incluso cuando estaba juicioso los escuchaba diciendo “el señor que está al lado del señor Caballero”. Ese seguramente es el recuerdo que tienen mis compañeros y mis exprofesores de mí: el cansón que no paraba de hablar nunca; pero conmigo estaban muchos otros, el vago al que le iba bien, el vago al que le iba mal, la niña bonita creída y la bonita chévere, el borracho, el sano, el mejor para jugar fútbol, la que no le gustaba hacer nada en clase de educación física, la niña juiciosa que prestaba las tareas, las niña juiciosa que no prestaba las tareas, el perezoso que pagaba por las tareas, el perezoso conchudo que nunca llevaba tareas, el que siempre llegaba tarde, el que no querían los profesores, la que querían todos los profesores, el alto, aquel que con cariño llamábamos ‘enano’, el gordo, el flaco, la ‘jirafa’ y la ‘chiqui’ en fin, cada persona diferente, cada persona única y con algo particular que me hace recordarlos en este momento.

La vida es un collage de instantes, y cada uno trae consigo gente, y siempre deja cosas inolvidables. Para cada etapa de la vida uno tiene una cajita de recuerdos, en ella están todas los eventos, los momentos, esas cosas especiales que nunca se borrarán de nuestra mente, porque están guardadas en esa cajita. Sé que son muchas las lágrimas que han rodado por sus mejillas en días anteriores, y es posible que hoy no sea la excepción; pero este no es un momento triste, no es un momento para llorar, por el contrario es un día de felicidad, de felicidad por la satisfacción del deber cumplido, de un logro alcanzado, de ver reflejado en esta ceremonia todo el esfuerzo que  hicieron para recibir su diploma, de ver que valieron la pena las trasnochadas y las madrugadas, por eso no hay que llorar. Vean cómo sonreía mientras abría mi cajita de recuerdos del colegio frente a ustedes, lo que ustedes están viviendo hoy es un momento más, simplemente se sella esta caja pero se abrirán otras después, y con el tiempo, al igual que yo, cuando la vuelvan a abrir se dibujará una sonrisa en su rostro.

Hoy sus profesores los despiden, los maestros que los vieron crecer, los guiaron por la vida, les dieron su conocimiento, los ayudaron y se los aguantaron abren el colegio para que salgan triunfantes y llenos de satisfacción por la misma puerta por la que entraron todos los días durante estos años. Ustedes son hoy el orgullo de sus padres, el orgullo de sus familias, por eso los invito a que este diploma que van a recibir se lo entreguen a ellos, gracias a ellos ustedes están acá hoy y gracias a ellos ustedes son quienes son; este triunfo es tan suyo como de sus padres.

Atrás quedarán las bromas y la vida del colegio, a partir de este momento sus vidas tomarán caminos diferentes. Ahora emprenden el viaje por la vida para cumplir sus sueños, y eso es lo realmente importante, tener un sueño que cumplir todos los días. Traten de ser felices con cada cosa que hacen, traten de disfrutar cada día como si fuera el último, procuren dar todo de ustedes para que cada mañana vean una expresión de alegría en el espejo.

Este es un muy logro importante en sus vidas, pero es simplemente el primer peldaño en la larga escalera de triunfos y buenas cosas que tienen por delante. Les deseo la mejor de las suertes en su vida, con trabajo, esfuerzo y tal vez algo de suerte podrán alcanzar todas las metas que se tracen de hoy en adelante. Nunca olviden a su familia, sus amigos, sus maestros, ni su colegio, nunca olviden de dónde son ni de dónde vienen; siéntanse orgullosos de todo eso, y vivan la vida con alegría. Puede que no siempre las cosas estén bien, puede que enfrenten momentos de dudas y desaliento, por eso para finalizar les quiero dejar una frase que escuché hace ya varios años y que sin duda les servirá como lema en la vida a la hora de enfrentarse a los problemas o situaciones no gratas que se les presenten. Muchachos, si la vida les da las espalda, cójanle la nalga.

Gracias

diciembre 22, 2010

EL CICLO DEL AGUA


Siempre me pregunté por qué llovía. Desde muy niño sentía curiosidad por el extraño (al menos para mí) fenómeno meteorológico que convertía un día soleado en una tarde gris. Me extasiaba con el simple hecho de pararme frente a la ventana y ver las gotas caer estrepitosamente contra el suelo, o viéndolas una a una, tratando de contarlas cuando se estrellaban contra el vidrio.

Después entré al colegio y me explicaron esa cosa que la profesora escribió en el tablero en mayúscula y con tiza roja: “El ciclo del agua”. Pero esa idea, muy lógica y todo, no me parecía bonita. La lluvia era muy mágica como para que fuera así de simple. Tenía que ser algo más.

Fui creciendo y fui buscando otras respuestas a mis dudas infantiles, buscando respuestas tal vez un poco más irreales, más imaginarias, más fantasiosas, más como yo. De pronto, una tarde, sentado frente a la ventana de mi casa, con un cigarrillo entre el índice y el corazón de la mano izquierda, y una taza de café caliente en la otra, me di cuenta de que llueve porque ella, en algún lugar, lejos o cerca, dejó de sonreír. 




Darwin Caballero “Tomás”
Noviembre de 2010